Juvenil

Ámbar perseguía la libertad, esa era la palabra que marcaba su camino. Volaba de un lado al otro en búsqueda de un lugar donde por fin se encontrase a gusto, un sitio que la hiciera sentir parte de algo, de un todo. Pero nunca lo hallaba, porque cuando la novedad pasaba, simplemente todo se repetía en su interior, los recuerdos y temores afloraban, y ella volvía a huir.

Mariano estaba lleno de estructuras y organización, esa era la forma como lograba sobrevivir y destacarse en la vida académica, a pesar de su discapacidad. Necesitaba crear una fortaleza en torno a su persona, asegurarse de que nada pudiera sabotear todo lo que había logrado. Para ello, tenía solo dos armas: su inteligencia extrema y el poder que le otorgaba su cargo. Con ello manejaba a los que lo rodeaban, lograba que le temieran porque pensaba que solo con el miedo obtendría el respeto que tanto ansiaba. Pero lo cierto era que se sentía inferior al resto y había creado ese solitario mundo para protegerse.

Un día, sus caminos se juntaron y sus personalidades sacaron lo peor de cada uno. El orgullo se convirtió en la barrera que ambos utilizaron para poder evadir lo que en realidad sentían, aquello a lo que tanto temían. Ámbar no deseaba perder su falsa libertad y Mariano no quería ser vulnerable para nadie; aceptar el amor no era algo que estaba en sus planes. Pero los planes no siempre se cumplen y el destino tiene caminos misteriosos.

Frieda y Adler se conocen desde que nacieron, sus padres son mejores amigos y los han criado como si fueran primos, Ellos se detestan desde su más tierna infancia. Por suerte, un océano los separó casi toda la vida y solo debían convivir durante las vacaciones.Ella siempre fue una chica ruda, de carácter fuerte e ideas poco convencionales; él siempre fue un chico educado, dulce y responsable, aunque ella lograra sacar su peor versión.

Entre travesuras, peleas infantiles y castigos recurrentes, atravesaban los meses en los que se veían obligados a convivir, pero que por suerte acababan con el final de las vacaciones.Sin embargo, ahora las cosas serán diferentes, Adler estudiará en el país de Frieda y, por supuesto, vivirá en su casa. Su relación, siempre tan explosiva, sumada al despertar característico de la adolescencia, los llevará a descubrir nuevas emociones y sentimientos que los pondrán entre la espada y la pared.

Dicen que del odio al amor hay un solo paso, pero para darlo, Adler y Frieda deberán madurar y, para eso la vida le tiene preparadas varias lecciones.

*Lectura recomendada para 15 años en adelante.

Celeste era una chica con una discapacidad a quien, a raíz de un accidente, le habían amputado ambas piernas a la edad de diez años. Gracias al apoyo de su familia —en especial al cariño y confianza que le brindó su abuelo—, fue capaz de superar los momentos difíciles causados por la adversidad. Encontró entonces en el arte, y específicamente en la pintura, una forma de liberar su alma, de volar a los rincones a los que físicamente no podría llegar. Así, entre cuentos infantiles y sirenas, fue capaz de crecer y convertirse en una mujer hermosa, talentosa y, sobre todo, independiente.

Pero, y ¿el amor? El amor la hacía sentir vulnerable. No lo esperaba, creía que las cosas para ella serían así: una vida solitaria y llena de cuadros por pintar. Entonces apareció Bruno, un chico de una ciudad distinta, de una clase social diferente, pero con muchas ganas de llenarse de los colores de Celeste.

Bruno le demostrará que el amor no entiende de diferencias ni de limitaciones, que los recuerdos que guarda el corazón son más importantes que los que guarda la mente, y que el amor existe para todos. Celeste encontrará en Bruno al chico de los cuentos que le contaba su abuelo y, de paso, descubrirá que este tiene muchas más historias que contar, además de las que ella conocía y que los secretos del pasado pueden afectarlos a ambos.

Celeste y Bruno serán testigos de un amor predestinado en el tiempo, una revancha de la vida, un lienzo en blanco lleno de colores por pintar y descubrir.

La maestra de piano le enseñó dos cosas importantes: primero, que para tocar música no es necesario oírla, sino sentirla; y segundo, así como no hay luz sin oscuridad, como no hay bondad sin maldad, tampoco es posible la música sin el silencio. Y ella así lo creyó.

Un día, se dio cuenta de que también había música en sí misma, que su corazón se aceleraba, sus piernas se aflojaban y su interior vibraba cuando él, Daniel, estaba cerca. Y es que él había traído la música a su vida: la del piano y la de su propia alma. Era él quien llenaba de melodías la quietud en la que vivía, por lo que cuando se fue, la música también se acabó.

Y es que crecer duele, y la pobreza es enemiga de los sueños; pero entonces, sumida en el más profundo y absurdo silencio causado por la desazón y los problemas de la vida, recordó la lección de la maestra: no hay música sin silencio. Y así, su corazón volvió a latir, y en su quietud volvió a sonar aquella melodía.