Fragmento

el amor después del dolor

Abro los ojos y me encuentro en algún sitio muy extraño. Todo es blanco. Bajo la mirada para observar mis pies, no sé sobre qué estoy pisando ni donde termina el horizonte. Tanta blancura me marea. Observo mis manos, tienen un brillo especial.

Una risa infantil resuena en el silencio y levanto la vista buscando de donde proviene, pero no hay nada ni nadie a mi alrededor. Doy algunos pasos inseguros, pues por momentos me parece estar flotando sobre nubes.

Vislumbro a lo lejos un pequeño bulto luminoso y camino hasta él, unas telas blancas parecen contener algo con vida adentro pues lo veo moverse. Me acerco con cuidado y me agacho para separar las capas de tela que cubren lo que sea que haya allí. ¡Es un bebé! Muy pequeño y está sonriendo.

Lo tomo en mis brazos y lo observo con detalle. Jamás podría olvidar esa ropita, un enterizo celeste con nubecitas blancas cubre todo su cuerpo. Siento una presión enorme en el pecho, mi corazón se estruja y aprieta como si me hubieran dado un golpe allí mismo. Esa es la misma ropita con la cual enterramos a Agostino, me lo dijo Nico… pues yo ni siquiera pude estar allí. Era la primera que le habíamos comprado juntos para ponérsela el día que naciera.

Las lágrimas comienzan a brotar sin control por mi rostro, el bebé deja de reír y a la par mía comienza a llorar. Me desespero, lo abrazo, lo beso e intento calmarlo; pero nada lo logra. Ambos lloramos de forma desgarradora y los sonidos de nuestros sollozos parecen invadir la estancia a un volumen aumentado.

Necesito cubrir mis oídos, siento que voy a enloquecer si sigo oyendo a mi bebé llorar sin poder hacer nada para calmarlo. Estoy perdiendo la cabeza, me siento en el impoluto y blanco suelo dejándolo sobre mi regazo y cubriéndome los oídos. Yo lloro, él llora. Mis lágrimas y las suyas empiezan a inundar el lugar y cuando me doy cuenta Agostino desaparece bajo el agua que ya alcanza la altura de mi cintura. Grito e intento volver a cargarlo pero no puedo moverme, mis brazos no responden a las órdenes de mi cerebro. Sangre sale de entre mis piernas y se mezcla con las lágrimas que han formado un río, mi hijo se pierde en la corriente rosada que desaparece en el horizonte y yo no puedo moverme, estoy tiesa y desesperada.

—¡Agostino! ¡Agostino! ¡Ayúdenme! ¡Mi bebé! ¡Ayuda! —grito intentando desesperadamente llamar la atención de alguien… pero aquí no hay nadie.

El agua de mis lágrimas mezclada con la sangre ya me llega hasta las fosas nasales. Sigo inmóvil sin poder moverme, mi cuerpo no responde a mis órdenes. Me estoy ahogando, voy a morir aquí… pero no me importa… He perdido a Agostino, él está muerto y solo quiero ir con él.

Dejo de gritar pensando que la muerte es lo mejor, me llevará de regreso con mi bebé. Entonces la risa de Sofía resuena en mi interior.

—¡Mami! ¿Quieres que vayamos por un helado? —Puedo sentir su mano aferrándose a la mía.

—Miriana, te amo… Por favor lucha, no quiero perderte a ti también. —Es la voz de Nico, me está pidiendo que no me rinda. Lo hizo así, cada noche desde que perdimos a Agostino. Antes de dormir me pedía que no lo dejara, pero yo no podía quedarme.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Despierta! —La voz de Sofía de nuevo retumba en mis oídos. Cada vez más cercana, más real—. ¡Es solo una pesadilla, mamá! —Vuelve a llamarme.

 

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