TU MÚSICA EN MI SILENCIO

La maestra de piano le enseñó dos cosas importantes. : Primero, le dijo que para tocar música no es necesario oírla, sino sentirla. Y; y segundo, que así como no hay luz sin oscuridad, como no hay bondad sin maldad, tampoco es posible la música, sin el silencio. Y ella, se así lo creyó.
Un día, se dio cuenta, que también había música en sí misma, que su corazón se aceleraba, sus piernas se aflojaban y su interior vibraba,, cuando él, Daniel, estaba cerca. Y es que él había traído la música a su vida, : la del piano y la de su propia alma. Era él quien llenaba de melodías la quietud en la que vivía, por lo que cuando se fue, la música también se acabó.
Y es que crecer duele, y la pobreza es enemiga de los sueños, ; pero entonces, sumida en el más profundo y absurdo silencio causado por la desazón y los problemas de la vida, ella recordó la lección de la maestra, : «no hay música sin silencio». … Y así, su corazón volvió a latir, y en su quietud volvió a sonar aquella melodía.

La profesora Raquel estaba entusiasmada con su nueva alumna y conseguía encender en ella aún más entusiasmo. Pensaba que infundir al alumno confianza en su propia capacidad era la mejor manera de aumentar su potencial. Panambí empezaba a creer que era buena y que podía llegar lejos en aquello que pensó inalcanzable para ella. Daniel amaba escucharla, y su madre le había prometido regalarle al final del año un piano eléctrico, por lo que ambos planeaban practicar juntos en su casa cuando tuvieran el instrumento.

Dani pasaba con Panambí casi todo su tiempo libre: estudiaban juntos, pues él le ayudaba a entender los ejercicios, e iban a sus clases de piano juntos. Hacía unos meses, Daniel había empezado a acompañarla a la escuela de sordos, pues don Enrique se cansaba muy a menudo y dejaba a Arandu a cargo del negocio, lo que impedía que acompañara a su hermana.

Daniel había cumplido dieciséis años en julio, y el cumpleaños de Panambí se acercaba. Ella nunca lo había festejado porque no tenían dinero para eso; lo único que hacían era comprar una torta y cantar. De vez en cuando recibía un regalo de Anita o de sus compañeros de la escuela de sordos que también solían organizar un festejo en clases.

Anita había conocido a Daniel y se había quedado encantada con él. Insistía en que Panambí debía decirle lo que sentía y dejar que Dani le diera su primer beso. Panambí reía y le decía que soñaba con eso, pero que solo eran amigos. Dani seguía enganchado a Carla, pero ella no lo tomaba en cuenta más que como un buen amigo; sin embargo, Antonella se le había declarado. Le había dicho que gustaba de él y le había preguntado si le pasaba igual. Dani se había sentido incómodo al tener que rechazarla, diciéndole que le agradecía mucho sus sentimientos, pero que a él no le pasaba lo mismo. Había hecho aquello porque Alicia le había aconsejado ser sincero con la chica y decirle que no la quería para luego no lastimarla más. Antonella no se lo tomó a bien y no le hablaba desde ese día, lo que complicaba el tema de las clases de italiano, ya que ella era la única que siempre se le había explicado todo.

Cuando le contó a Panambí lo sucedido con Antonella, ella tuvo sentimientos encontrados. Por un lado, se sintió feliz de que él la hubiera rechazado, pero también le asustó que hubieran cortado su amistad por aquello. Sabía que Antonella era una amiga que solía estudiar con Dani y que le ayudaba con las lecciones de italiano, y le parecía muy raro que solo por eso se hubieran alejado. Eso la llevaba a pensar que si ella le dijera lo que sentía y él no compartiera el sentimiento seguramente también se terminarían alejando, así que prefería seguir ocultando sus sentimientos y guardárselos solo para sí misma.

Aun así, estaba confundida. Por momentos todo parecía indicar que él también gustaba de ella: era tierno, dulce y decidía gastar todo su tiempo libre a su lado. Para su amiga Anita era una clara señal de que él estaba muerto por ella. Además, según sus libros, el personaje masculino siempre hacía eso cuando cortejaba a la chica; sin embargo, Daniel siempre le hablaba de Carla y sus ojos se volvían soñadores cuando la mencionaba, lo que confundía a Panambí, que no podía deducir lo que su amigo pensaba o sentía en realidad.

El día de su quincuagésimo cumpleaños, Alicia reservó una mesa en un restaurante de comida rápida e invitó a su papá y a su hermano, a Anita y a la profe Raquel para compartir entre todos una agradable velada. Era una fecha especial para la mayoría de las jovencitas y se acostumbraba a realizar fiestas o viajes, por lo que a Alicia no le pareció bien dejarlo pasar así como así.

Su papá le regaló un libro de los que vendía en el quiosco y ella le agradeció el gesto; su hermano le regaló una carterita tejida por los indígenas que solían vender sus artículos en el centro de la ciudad; Alicia le regaló ropa, pues pensaba que una niña de su edad la necesitaba, en especial ella, que usaba ropitas gastadas; finalmente, la profe Raquel le regaló una medallita de plata que tenía un símbolo musical en ella. Se la dio antes de retirarse y la llamó aparte junto con Daniel.

—Es un silencio de negra —explicó la profesora mientras Panambí lo observaba y asentía—. Es para recordarte que el silencio es importante en la música, que no hay música sin silencio… que hay música en el silencio.

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